Cuentos

Pétalo Azul

Kyle siempre fue un mujeriego. Hugh un gran violinista. Gwen una excelente pintora. Gerald y Paddy la mejor pareja gay. Mable y Melissa las más aplicadas. Así eran todos, tan distintos que se complementaban en un grupo de amigos. Al menos, así era como Dahlia los recordaba.

Y ahora que se acomodaba contra el vidrio del tren mientras veía las cosechas en el paisaje, no pudo evitar preguntarse qué estarían haciendo sus viejos amigos, cómo serían ahorita y si de vez en cuando pensarían en ella como Dahlia lo estaba haciendo en ese momento.

Estaba regresando al pueblo que la había visto crecer. ¿Cuánto había pasado? ¿Doce años? ¡Pero qué tanto! Se dijo sorprendida mientras tomaba su equipaje y pedía un taxi.

No pudo evitar llamar a su memoria la imagen de los gemelos Dashner en el portón de la casa de al lado, tomando sus bicicletas y llamándola para ir a dar un paseo. Cuando se detuvo frente a la casa, echó un vistazo a la silueta menuda que regaba las flores del jardín delantero.

-¿Kyle? – el nombre le supo extraño en sus labios, mientras el cosquilleo aumentaba con aquellos segundos de suspenso en los que el chico se daba la vuelta. Por un instante le pareció desvelar frente a sus ojos la imagen del mismo chico jovial y fresco de su pasado y le sorprendió lo poco que había cambiado su viejo amigo.

Kyle la recibió con la misma sorpresa, preguntando por aquella repentina visita. Entablaron una conversación de cortesía, limitándose a las preguntas de costumbre que uno hace cuando ve a un amigo del pasado, que finalizó pronto con una invitación a tomarse un café aquella tarde.

Sus sentidos se abrumaron en compañía de la melodía de su corazón. ¡Kyle! Kyle, pero cuánto tiempo. Dahlia se sintió una niña de nuevo, y sintió que repetía en su mente recuerdos que creyó olvidados hacía mucho tiempo.

El saludo de sus padres, los abrazos y las palmadas le parecieron distantes. La charla y la taza de café compartida en la sala, no los veía con sentido. Dahlia sólo podía pensar en Kyle, que se quedó en el pueblo en vez de ir a estudiar en la universidad como los demás, en cómo seguía siendo el mismo, como si los años no hubiesen pasado factura, como si no hubiese aprendido de la vida.

-Tengo que decirle a Meredith que ya llegaste – dijo su madre, levantando ya el teléfono de la mesa.

-Lo siento, no puedo. Quedé en ir a tomarme algo con Kyle ahorita – explicó Dahlia con pena, que tan ansiosos se veían sus padres de compartir con ella.

Madre y padre se miraron a los ojos confundidos, para luego observar en silencio a su hija.

-¿Estás segura? – preguntaron preocupados.

Dahlia no entendía la pregunta. ¡Era Kyle! Su viejo amigo, su primer amor. ¡Claro que quería charlar un rato con él! Había tantas preguntas en su cabeza, tanto qué contarse. Así que una vez marchada de su casa, encontró al chico en el portón de al lado, esperando con su bicicleta.

Sentados en una mesa, con un trozo de pastel en ella, Kyle le fue preguntando por los amigos que compartieron en su infancia, de los que poco supo Dahlia después de la graduación. Le pareció extraño que él no estuviese al tanto, y por más que le preguntase sobre su vida, Kyle evadía las preguntas y acababa hablando de ella.

-¿Es una cámara? – preguntó él de pronto, observando el bolso que había traído consigo.

-Oh, sí. Mi mamá me la regaló cuando entré a la universidad y resultó que me enganché.

-Tómame una foto – dijo Kyle – vamos, a ver qué tan buena eres.

Entre risas, Dahlia encendió la cámara y enfocó la imagen lista para ser retratada. Una vez que el clic había sonado, revisó la fotografía, encontrándose con que no había nadie. Sólo una silla vacía con el resto del establecimiento a sus espaldas. Qué extraño, se dijo con una desagradable sensación en el pecho. Escuchó en susurros la apacible voz del chico que le pedía olvidarse del incidente, de ese día. Recordó la bicicleta en el portón, magullada y oxidada. Recordó la expresión de sus padres adolorida ante su ilusión por volverlo a ver.

Fue un accidente, le dijeron. No había nada que pudieran hacer. Nadie supo qué ocurrió más que el cuerpo fue encontrado en el riachuelo. Cuando los susurros desaparecieron, Dahlia se encontró de vuelta en el café, con el trozo de pastel acompañado por un pétalo azul.

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